España está avanzando en el despliegue de infraestructura pública de recarga para vehículos eléctricos. En los últimos años se ha producido un crecimiento notable en el número de puntos disponibles, con aumentos superiores al 30% anual según datos recientes. Sin embargo, este desarrollo plantea una paradoja: muchos cargadores siguen infrautilizados.
Los informes señalan que, de media, un punto de recarga se utiliza apenas 1,5 veces al día, una cifra baja para garantizar rentabilidad sin ayudas públicas. Esto refleja que la transición hacia el vehículo eléctrico no depende solo de instalar infraestructura, sino de generar confianza y hábitos de uso en los conductores.
Existen varias razones. Por un lado, el parque eléctrico aún es reducido comparado con los vehículos de combustión. Por otro, muchos usuarios siguen cargando principalmente en casa o en el trabajo, lo que limita el uso de puntos públicos. También influyen problemas de interoperabilidad, fallos técnicos o desconocimiento.
Para las estaciones de servicio, especialmente las automáticas, este escenario es crucial. Instalar cargadores supone una inversión importante, y su rentabilidad dependerá del volumen de uso. Por ello, se vuelve esencial integrar la recarga dentro de un modelo más amplio de servicios.
La clave está en que los puntos de recarga no sean solo infraestructura, sino parte de una experiencia completa: servicios adicionales, comodidad, accesibilidad y confianza en el funcionamiento. Las estaciones que logren ofrecer esto tendrán ventaja en el nuevo mercado.
El crecimiento de la recarga es inevitable, pero el reto está en convertir esa red en un sistema realmente utilizado y sostenible. La transición energética necesita infraestructura, pero también necesita usuarios, hábitos y modelos económicos viables.

